La felicidad y su receta real

Este es un artículo lleno de preguntas y sin ninguna respuesta, por lo que si el lector busca respuestas le aconsejo no seguir leyendo pues perderá su tiempo.

Hay días en los que me he despertado y he sentido que era feliz. Feliz, porque sí, feliz sin un motivo en particular. Feliz por el mero hecho de estar viva.
F E L I Z.

Hay días, algunos, en los que me he despertado y a mi lado estaba ese ser amado que me hacía sentir feliz.
Ese día por delante donde sabía que podía despreocuparme de mis obligaciones cotidianas y el sabor a felicidad se dejaba sentir en mi boca.
Ese día de trabajo donde me sentía motivada para llevar a cabo una jornada satisfactoria y el sentimiento de valía y hacerlo bien me hinchaban el pecho y el día tenía color a felicidad.
Ese día o noche donde iba a encontrarme con mis amigos para tomar algo y compartir sonrisas, abrazos afectuosos y el corazón latía felizmente.
O, ese otro día, en el que los resultados de la prueba médica arrojaban parámetros de una salud de hierro y de nuevo sentir que la felicidad estaba presente.

Salud, compañía, amigos, trabajo, placer y pareja… ¿son algunos de los ingredientes de la felicidad?

Hay otros días en los que el sabor, el olor y la mirada a infelicidad lo inunda todo, como esos días de lluvia que embarran el suelo y evitas a toda costa no meter un pie en el charco y andas tan preocupada haciendo malabarismos que inevitablemente el agua que viene de arriba pero que evitas de abajo te salpica de frente al pasar un coche.

Soy consciente de que el párrafo de arriba ha sido demasiado largo y sintácticamente se nos recomiendan frases cortas y un uso más frecuente de la puntuación. Pero hay días en los que la infelicidad se hace larga, sin treguas y empiezas a estar al acecho de que algo o alguien venga a salvarte de esta infelicidad. Y ahí la fantasía se hace necesaria para descuartizar los días de lluvia húmedos, densos y llenos de goteras. Lo que yo llamo las goteras del corazón.

Veamos qué entendemos por fantasía.
Del latín phantasia (que, a su vez, proviene de un vocablo griego), la fantasía es la facultad humana que permite reproducir, por medio de imágenes mentales, cosas pasadas o representar sucesos que no pertenecen al ámbito de la realidad. Estos sucesos pueden ser posibles (por ejemplo, fantasear con viajar a la playa en el próximo verano) o irrealizables (caminar entre dinosaurios).

Pareciera que ser infelices nos lleva a fantasear con sucesos no reales, posibles o irrealizables.
Es como si al sentirnos infelices necesitáramos crear una fantasía para soportar lo que sea que nos hace sentir no felices. Y me refiero a fantasías mentales.

En mi consulta lo veo cada día y puedo decir esto porque yo misma lo experimento. ¿Cómo creamos mundos paralelos (insisto, en la cabeza) a una realidad infeliz, llenos de fantasías? Y ahí cada uno se lo monta como puede y quiere. Si adopto un rol más técnico, diré que nos estructuramos psicológica y corporalmente en función de nuestra propia historia y las experiencias que hemos tenido en relación a esa felicidad que hemos podido sentir de pequeños o, que no hemos sentido. Ser feliz aquí estaría estrechamente relacionado con la experiencia de esa felicidad. Por lo tanto, lo que se experiencia (=vive), queda registrado, grabado y disponible para revivirse. Es como un mapa de carreteras donde ya conocemos el camino y tan solo nos queda recorrerlo de nuevo sin mayor dificultad.

Decía, que hay días en los que la infelicidad se hace larga, sin treguas y empiezas a estar al acecho de que algo o alguien venga a salvarte de esta infelicidad. Esto es lo que veo en la consulta, cuando el/la paciente fantasea con que la lotería solucione sus problemas económicos; que el dinero no hace la felicidad, pero casi; que la pareja perfecta, aunque pueda tener una apariencia no perfecta porque eso ya no se estila, le comprenda más que uno/a mismo/a;  que el hijo que viene de camino de sentido a su vida y/o relación en crisis; que en el trabajo reconozcan y apremien su esfuerzo, dedicación y sacrificio; que los otros adivinen lo que necesita. Y la lista podría ser larga, interminable.

Entonces, ¿qué o quién es el responsable de nuestra felicidad? ¿De qué depende ser feliz? ¿Por qué los hay más propensos a sentirse desdichados?

Cuando ese día, me sentí feliz, feliz por estar viva, ¿era real o había sucedido algo o dejado de suceder que provocaba esa felicidad aparentemente injustificada?

En el libro La experiencia del placer del profesor, médico y psicoterapeuta A. Lowen (1910-2008) se lee el siguiente párrafo acerca de la materia que trato hoy de desentrañar:
<<El sentimiento de felicidad surge cuando somos transportados más allá de nosotros mismos o llevados fuera de nosotros mismos. Esto está claro si pensamos en la felicidad del enamorado. El enamorado camina por las nubes, sus pies parecen no tocar la tierra. No sólo está fuera de sí, está fuera de este mundo. Por el momento lo mundano desaparece o está oculto como el capullo de la mariposa. Se siente liberado de todas las inquietudes del ego y esta liberación es la base de su sentimiento de felicidad.>> (p.24)
Lowen relaciona aquí el estado de felicidad con el estado de enamoramiento. El enamorado, dice, camina por las nubes. Puede ser que lo hayas experimentado. Y puede ser que te guste la sensación o puede ser que no. Por lo que parece, estar en-amor-ado nos da un estado de irrealidad, no tocamos con los pies en la tierra, hay algo de efervescencia transitoria que otorga liberación, pero ¿nos libera de qué?, ¿nos vuelve libres?

¿Podríamos establecer una correspondencia entre felicidad, estar en amor y libertad?

Entonces, ¿es posible ser feliz?, ¿existen personas verdaderamente felices?, ¿es lo mismo sentirse feliz que ser feliz?

Se dice que Confuncio afirmó que él no podría ser feliz mientras viera sufrir a una persona.

Estas son preguntas que, honestamente y a día de hoy, no puedo contestar de una manera fiable.

Al principio de este relato, escribía que había días, pocos, que me sentía feliz por el hecho de estar viva. ¿Y acaso no estamos vivos y esa condición no debiera hacernos felices?
¿Tenemos que superar enfermedades para valorar la vida o alguna que otra desgracia para aprender que la felicidad reside en algo más sencillo de lo que venimos haciendo en nuestras vidas llenas de estrés, obligaciones y compromisos? ¿Consumimos la felicidad como el que consume un crédito, una hipoteca o unas fiestas navideñas?

Entonces, al final, me pregunto (sigo con mis preguntas): ¿Cómo sería vivir, siendo feliz y sintiendo la felicidad? Amor y Libertad podrían ser dos ingredientes. Pero ¿cómo se cocinan para obtener la receta perfecta?

Como me dijo un día mi terapeuta: -la perfección no existe. De existir, sería irreal.
Y yo añado, queremos una receta real para nuestra felicidad, ¿verdad?

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