Me alimento, me cuido (II)

Y si decíamos en la entrada anterior que una manera de ocuparnos de nosotros mismos es cuidando nuestra alimentación, vamos a ver con más detalle en qué consiste la Macrobiótica, un sistema tanto filosófico como práctico que se basa en que toda persona encuentre su equilibrio interior, íntimamente relacionado con la alimentación.

La Macrobiótica proviene del término makrobios, que es la unión entre makros (extenso, grande) y biosis (vida). Fue presentada, tal y como se la conoce actualmente, por el pensador japonés George Ohsawa (1893-1966), quien consideraba que tras la mentalidad ancestral oriental hay un “principio único” o “principio universal” que permite captar de manera eficaz el funcionamiento del mundo, ayudando en la práctica a comprender y asumir las vicisitudes de la vida.

Este principio es el de la complementariedad entre el Yin y el Yang: dos “fuerzas”, opuestas pero inseparables, que constituyen la manifestación del Uno o el Todo. Según esta visión, todas las cosas se rigen por la dinámica permanente entre estas dos fuerzas. Dicha dinámica constituye “las leyes de la vida” o, como Ohsawa la denominaba, el “orden del Universo”.

¿En qué consiste esta polaridad? Desde antiguo, los hombres observaron que en todo fenómeno existe una tendencia hacia la expansión y otra hacia la contracción o, lo que es lo mismo, una tendencia yin (energía terrestre) y otra yang (energía celeste). Ambas son, en síntesis, fuerzas –la primera centrífuga, la segunda centrípeta– que operan en cualquier dimensión de la realidad. Si hablamos, por ejemplo, del movimiento, éste será más yin cuanto más lento sea, y más yang cuanto más rápido. Si nos referimos a las texturas, las blandas son más yin, y las duras, más yang. Si analizamos a una persona por su constitución, será más yin cuanto más alta y gruesa sea y más yang cuanto más baja y delgada. En cuanto a los ambientes climáticos, el tropical es más yin y, en cambio, los ambientes fríos son más yang. Yin, en definitiva, conlleva difusión, dispersión, separación, descomposición, etc. Yang, por el contrario, es lo que implica fusión, asimilación, reunión, organización, etc.

Esta división debe tomarse siempre en términos relativos. Nada es yin y yang de forma absoluta, sino que todos los fenómenos son una combinación de ambas tendencias energéticas en distintas proporciones, las cuales, además, varían constantemente. El equilibrio absoluto no existe, sí el equilibrio dinámico. Aceptar esto es comprender la ley cambiante de la naturaleza.

Los alimentos también tienen ese carácter bipolar. En función del color, tamaño, posición, sabor y lugar de cultivo, son más yin o más yang, y producen determinados efectos a nivel mental, emocional u orgánico. Un ejemplo: si una persona está dispersa, asténica y alicaída, es decir, se encuentra en una fase yin, lo que le convendrá es que se tome alimentos salados, concentrados y tostados, que producen efectos yang.

Por tanto, los alimentos en macrobiótica responden, más allá de los aspectos bioquímicos tradicionales (calorías, vitaminas, etc.), a sus características energéticas, a las leyes biológicas universales, así como al sentido común y la observación. Se busca la sencillez (tan poco de moda en una sociedad hiper-diversificada, sofisticada y de abundancias), una sencillez acorde con nuestro entorno más próximo, sin olvidar las características de cada individuo.

En muchas ocasiones, cuando nos levantamos de la mesa tras una “buena comida” nos sentimos cansados, amodorrados y no especialmente lucidos. No es terrible, según como se mire, pero seguimos “alimentando” la cadena compulsiva-refinada-manufacturada de sucesivas intoxicaciones: el aire que respiramos, las prisas que llevamos, nuestra manera de consumirlo todo (¡y de consumir-nos!). Este despropósito produce pequeñas/grandes dosis de malestar que tratamos de paliar con sustitutivos, fármacos o situaciones presuntamente saludables que al enmarcarse en un estilo de vida apresurado no hacen más que incrementar el malestar. De ahí a la enfermedad hay un microscópico paso.

Pero nuestro cuerpo, como cualquier otro elemento o fenómeno sabio del universo, siempre está buscando el equilibrio entre polaridades opuestas. Si nuestra alimentación es muy cárnica, muy concentrada y contractiva, con mucha proteína animal, nos apetecerá consumir frutas tropicales, azúcares, zumos, alcohol, chocolate o drogas, productos muy expansivos de signo contrario a la proteína animal desde el punto de vista energético. Oscilando entre productos tan opuestos, nuestro organismo consigue tal vez equilibrarse, pero con un alto coste biológico y energético. Es decir, el cuerpo es perfecto y tiende a equilibrar pero pongámonoslo fácil. La fatiga reincidente, que no desaparece tras el descanso, puede ser una señal a tener muy en cuenta.

En ese sentido, la macrobiótica persigue, precisamente, una alimentación energética y saludable que, rehuyendo los extremos y las compensaciones, mejora nuestra energía, nuestra digestión y nuestro estado mental y emocional.

Otra señal a tener en cuenta: nuestra sangre. La sangre es la que permite que la energía y la sustancia procedente de los alimentos lleguen a los órganos.  La sangre tiene una composición semejante a la de la sal marina. ¡Llevamos el océano dentro de nosotros! La sangre es ligeramente alcalina, pero nuestra sociedad tiene la sangre ácida, desequilibrada, por un exceso de proteína animal y consumo de refinados y manufacturados. Esta acidez dificulta la fluidez de nuestra sangre y la enferma. Hay que alcalinizar y hacer fluida la sangre, la sangre hace vivir.

Dejemos de pensar que nos van a cuidar. Empecemos por responsabilizarnos y dejar de hacer caso ciego a lo de afuera (puede que no nos mientan pero muchas veces la información no es completa). La macrobiótica hay que cocinarla uno mismo pues esta práctica responsabiliza. Hacer macrobiótica es observarse y conocerse. Pero el objetivo no es estar todo el día pendientes de la salud, sino disfrutar de nuestra salud, que no es otra cosa que la capacidad del organismo para adaptarse al medio que lo rodea.

La alimentación macrobiótica conduce a una mente (cuerpo) más despejada, aguda y centrada, más consciente y, en definitiva, más libre. En este estado, reconocer lo que necesitamos para cuidarnos será coser y cantar.

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